CUADERNO · ENSAYO · CRÍTICA
Leche, pimentones rojos, y mucho café
Notas sobre la decadencia, el agotamiento y la arquitectura.

En alguna casa de Los Ángeles, un hombre de pelo rojo está sentado dentro de un círculo, no tiene ropa, y en una de sus manos sostiene un libro, quizás White Stains de Aleister Crowley. Frenético se tambalea hacia adelante y hacia atrás, mientras que con su otra mano se muerde compulsivamente la piel de la punta de sus dedos.
Se limpia la garganta al darse cuenta de que está obstruida, ¿cuándo fue la última vez que tomó un vaso de agua? Pudo ser hace quince minutos o dos días, pero rápidamente desestima esa pregunta: en ese lapso solo ha tomado leche de un cartón y comido pimentones rojos.
Este es David Bowie siendo devorado por el personaje más oscuro de su carrera: el Delgado Duque Blanco, figura central de Station to Station. El Duque es un aristócrata en decadencia, atrapado en una ceremoniosidad oscura y esotérica, un hombre que ha confundido los efectos nocivos de sus hábitos con la pasión. Al álbum lo envuelve una atmósfera fría, tensa, frenética, mecanizada y paranoica, combinada con una pretensión elegante, teatral y espiritual, que no es accidental: el Duque quiere hacer pasar la paranoia por teatralidad, su frialdad por sofisticación y su deterioro físico y moral por una forma encarnada de espiritualidad.

Esta es una operación recurrente en el arte. La industria de la música, el mundo de la pintura, los círculos actorales y la literatura han construido el mito del artista que necesita de la ruina para ser capaz de producir. Es aquella imagen del cuerpo agotado, las ojeras que intensifican la mirada perdida, la verborrea, la mandíbula desencajada, las manos sudorosas, el pelo brillante por la grasa, las uñas largas y los dedos amarillentos, el estudio oculto por la bruma, la mesa espolvoreada junto a las botellas vacías, cucharas oscurecidas y blísteres abiertos. Estamos ante un relato de autodestrucción convertido en método, un relato donde la obra artística parece capaz de aparecer entre los escombros de un cuerpo destruido.
El cuerpo intoxicado del gran artista, las botellas vacías, la mesa espolvoreada, las cucharas quemadas han sido reemplazadas en el estudio por planos acumulados, computadores que llevan varias horas encendidos, la mancha redonda del café sobre los papeles, papel mantequilla arrugado y acumulado en el suelo. Mientras el artista exhibe su exceso como una ruina decadente, el arquitecto la exhibe como una disciplina rígida, demandante, y una voluntad inquebrantable.
La arquitectura no se resistió al glamur del escenario y decidió crear su equivalente inmediato a la estrella de rock: el starchitect. El arquitecto se ha convertido así en una figura que también acapara atención mediática, cuyas palabras se convierten en mantras para sus seguidores. Hay autores cuyas frases han circulado como una imprenta que parecen confirmar una visión absoluta del mundo: «menos es más», «la forma sigue a la función», «la casa es una máquina para habitar». Estas frases confirman al arquitecto como alguien que deja de ser un técnico y lo convierten en un profeta de la forma y la materia.
El arquitecto no se inventa este mito: la arquitectura ya tenía estrellas antes de que existiera el término, más bien lo va actualizando a las necesidades de la profesión. Ya no es suficiente con tener experticia técnica ni doctrinal; se vuelve necesario tener alcance por medio de una imagen que se pueda reconocer fácilmente, un estilo de línea quebradiza o algún gesto específico, una presencia global, una obra amigable con el lente de la cámara y una narrativa que se pueda incrustar en el imaginario colectivo.
Pero la imagen colectiva del arquitecto estrella no parece acercarse mucho a la del artista musical del que ya hablamos. El exceso del taller de arquitectura no es el de una mesa con un rastro blanquecino difuminado que nadie se molesta en borrar y del que no se habla, ni el de una colección de botellas desparramadas de manera aleatoria, tabletas metálicas con pequeños cráteres plateados y escamas de aluminio rasgadas.
El atelier, o taller, que está en el imaginario es caliente porque la refrigeración líquida no alcanza a enfriar el computador que intenta terminar un render imposible. Montañas de maquetas en las mesas, pegadas a la pared y colgadas por un nylon en el techo; el practicante apilando desperdicios a un lado de la tabla de corte, apartándolos solo para que colapsen y vuelvan a inundar su modelo de cartón paja; uno que otro dedo lastimado por intentar quitarse el superadhesivo, el mismo que el día anterior dañó su nueva camisa negra. La cocineta experimenta alto tráfico, concentrado en la estación del café —orgánico, por supuesto, porque es de los que no da tanta acidez—. Es probable que algunos se hayan cambiado al matcha para evitar los temblores o al mate para sostener el efecto por más tiempo. Los trazos en el papel mantequilla se van trasponiendo en el cubo de la basura, mientras que el paquete de planos que se imprimió esa mañana empieza a hacerse a la idea de unírseles al verse bañado en tinta roja.
Esta escena sucede en los estudios a menudo, orquestada por un hombre metido en un saco con cuello de tortuga en cachemira, unos pantalones oscuros, envuelto con un blazer de terciopelo negro; y porque el negro ya se ha convertido en un cliché, remata su cara con un marco de gafas de pasta rosada y, por supuesto, los lentes son redondos. Este hombre que exige noches intensas e imposibles alguna vez también vivió en los zapatos del joven al que acaba de pedirle que vuelva a empezar de cero todo lo que trabajó en la semana; pero tampoco hay que preocuparse por él: en los corredores de su facultad de arquitectura no solamente aprendió a dibujar, usar el software adecuado, proyectar y defender una idea. También aprendió, igual que el hombre de cuello tortuga, a resistir.
Cada uno de los que están en ese cuarto ha heredado la tradición del taller. La facultad es donde aprendemos el rito de purificar el alma con el cansancio, el desgaste como acto de fe en el proceso, a obedecer al agotamiento para fortalecer el carácter. Aprendemos a sufrir la arquitectura como es debido. La resistencia se ha convertido en nuestra forma de pertenecer.
Bowie convirtió su ruina en espectáculo: nos mostró al Delgado Duque Blanco con sus excesos, su paranoia y su Cábala. Expuso su delirio y decadencia y nos invitó a todos a verla en vivo. El arquitecto es más sofisticado y la escondió debajo de la nobleza del rigor, la vocación y el carácter. Mientras en la música la decadencia se convirtió en parte de un mito fundacional, la arquitectura decidió vestir la autodestrucción con cuello de tortuga y le puso el nombre de disciplina al desgaste.